Alma
Por Nicolás Reffray
La invención de la fotografía, allá por 1830, dio vida a un universo que no ha dejado de expandirse. El artilugio mecánico por el cual un juego de espejos y la presencia de la luz atravesando cristales, consigue que una imagen se imprima en un medio fotosensible, no deja de ser toda una cuestión física y química.
Hacer perdurar una escena, y con ella un momento, una fracción del tiempo detenido para siempre, es algo sorprendente. Para mí la cosa siempre tuvo algo de mágico. Si bien no creo que el alma nos abandone cuando somos fotografiados, sí creo que hay algo muy nuestro que se licúa, algo que nos vuelve más y más transparentes cada vez. No sé explicarlo, es casi una sensación en el cuerpo, pero no puede ser coincidencia que, en una época como esta, en dónde pasamos más tiempo frente a pantallas, cámaras, teléfonos, computadoras, que frente a otras personas, en donde se replica nuestra imagen al infinito, se crean copias de esa imagen y se almacenan en las tantas nubes intangibles o en nuestros distintos aparatos tecnológicos, en donde luego son editadas, modificadas, alteradas, animadas, en una época en donde la imagen (ya lo decía Benjamin y John Berger después) ya no nos pertenece en absoluto, no puede ser coincidencia, digo, que seamos todos un poco menos nosotros mismos.
Me vino la imagen de Chaplin devorado por los engranajes de las máquinas. Estos son nuestros tiempos modernos. Veo a un adolescente en el subte enchufado a su teléfono, al lado de él una señora y un nene de unos 10 años con una tablet, más allá un hombre canoso y una madre amamantando mientras chequea Instagram. Todos desconectados de lo real y conectados a otra cosa, a algo que en lo concreto no existe realmente, nunca existió. Yo también, ahora, mientras tomo notas para esto que escribo, me abstraigo y tipeo en mi teléfono, mientras a mi alrededor todo pasa.
¿Sólo lo concreto puede ser real, entonces? No, por supuesto que no. Puede que todo esté mutando a otro nivel de realidad, una en la cual lo concreto no es del todo necesario, o cada vez menos necesario. ¿Una comunicación por videollamada es menos real que una en donde los dos hablantes comparten el mismo lugar físico? Ya no. Sí, bueno, en la videollamada falta el calor de lo vivo, la posibilidad del contacto. Entonces, quizás sea solamente más limitada, pero no menos real.
Pienso ahora en ese diálogo de Antes del amanecer, todos somos porciones, retazos, de almas antiguas, vueltas a barajar en un reciclaje eterno, cíclico. “Será por eso que somos tan dispersos…”, dice el personaje de Ethan Hawke. Será.
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