sábado, 20 de noviembre de 2010

XIX.


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Ahí está la luna, como un resto de nube más,
anónima en el firmamento claro de las seis de la tarde.

Ahí, luna, media pelota prendida del aire,
una fosforescencia tímida que investiga en la tarde los colores del día y el movimiento,
que ahoga los cielos con su pasividad menguante
y se trasunta en poemas de juventudes que miran para arriba.

Efímera en su noche de luz caída,
en su tiempo justo de oscuras prepotencias.

Luna, puta confundida de nube, amnésica, ectoplás­mica,
¿saben, acaso, los hombres mirarte?
Saben jurarte, saben prometerte. Eso sí.

Luna de espanto, dulce luna de tiempo,
somos los hombres tus satélites.
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Nicolás Reffray.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

XXIII.


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Sumo fantasmas a una revolución de moscas,

a un fogueo entre hermanos,

a una ciudad de sombras.

Y hay en ello un placer oculto,

una soledad desesperada que adorna la ausencia,

que conmueve a la muerte,

que me siembra sus dudas.

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Nicolás Reffray

viernes, 22 de octubre de 2010

XX


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Las

voces

tiemblan

en el

muro

de la

noche

como

cristales

en el aire

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Nicolás Reffray



sábado, 2 de octubre de 2010

XVI

Me pedís eso que no tengo, eso que claramente no soy,
pero tu deseo no sabe de excusas, de postergaciones.
Tu deseo se come al tiempo,
se desviste de sombras,
se viste con mi deseo,
y yo soy ese espejo velado,
ese velo espejado,
ese canto de sirenas que conduce a la muerte,
a la muerte de ese deseo que está ausente.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

X.





Pienso en libertades libadas,
en hondas libertades amputadas,
en versos que no son y que deberían serlo a fuerza de espanto.
Soy el otro que invade con sus manos el movimiento,
con su lengua la hondonada,
con su oquedad la virtud.
Que se cierra y encierra en sí todo el bocado de la muerte.
Todo es sombra que conmueve,
que se derrama en unas palmas abiertas,
en unas manos que aplauden,
en una luna que tiembla.


martes, 14 de septiembre de 2010

Usted y yo

Usted a esta altura debería saber lo que me molestan las tardanzas, que me preocupo porque demora, porque no llega. Pasan veinticinco minutos ya de las seis de la tarde. Me anega pensar qué podrá haberla retrasado, qué la retiene ahí donde esté, qué nefasta coincidencia no le permite cumplir con este acuerdo de amigos, de amantes, de tantos años.
Un cigarrillo atrás de otro, parado en plena vereda, a las puertas de este café, de este mismo café que volvemos a elegir siempre con un sigilo que nos provoca escalofríos, y que a la vez, creo, tiene también algo de sentimental para los dos.
Pudiera ser acaso obra del tráfico, o un paro de colectivos, o tal vez y sólo tal vez, que una urgencia familiar de última hora. Pero entonces veo un mechón de pelo rubio asomarse por la boca del subte, apurados los pasos en las escaleras que escapan a ese mundo subterráneo, a ese cavernario laberinto infraterreno donde no llega el sol, y mi corazón da un tumbo, lo siento vertido por todos lados. Pero no, no es usted, no son sus facciones en esa otra cara que es idéntica a las tantas otras caras que no son usted. Repaso nuestra charla telefónica de esta mañana. Usted en la oficina sobre el patio cubierto, ocultando la voz porque ahora no podía hablar, yo desde la cabina que está frente a los Tribunales, sobre Lavalle. Seis de la tarde en el café de siempre, y su voz había sonado fría y seca, pero sería porque quizás Enrique o Lerman, porque quizás Ingrid o Aidé. Había dicho que estaba bien, que a las seis entonces, adiós. Nada más.
Otro cigarrillo que se me consume entre los dedos, y al atado le van quedando pocos, dos o tal vez tres. Mi mal necesario. Entonces me entra una angustia acá. Pienso que tal vez las cosas hayan cambiado entre nosotros sin que yo lo notara, que el tiempo con su obraje mudo haya desanudado quizás los lazos entre ambos, y que ya no nos una un presente, sino más bien un pasado pluscuamperfecto, una realidad otra, de desencuentro, de cosa que ha sido y que ya no es. La angustia se me apelotona en la garganta. Ahora me siento un idiota por suponer que vendría –van a ser las siete y diez–, y que quizás, después, un cuarto de hotel o la cama en la pensión. No, usted no va a venir. Después, claro, en otro momento, otro lugar, llegará y esparcirá sobre la mesa, entre el café y la azucarera, una de esas excusas infames que no engañarían a un niño, y me besará. Me besará como tantas veces me ha besado, sosteniéndome la barbilla para que no me escape. Y yo me olvidaré de Lerman y de Enrique, del sabor amargo que tendrá en la boca al besarme, de que ese sabor es la confirmación de que Lerman, de que Enrique, de que siempre ha sido así. Entonces hablaremos. Me contará sus cosas, esas confidencias de amigo, de amante, de tantos años, porque una cama nos convierte en amantes como el fuego convierte al papel en cenizas. Ahora usted no va a venir, eso lo sé. Entonces todo se precipita. Delante mío, un vaso de vermouth, un plato con papas fritas, usted al otro lado de la mesa contándome sobre la oficina, y que Aidé y que Ingrid. Pero no, usted no va a venir, claro que no va a venir, pero sin embargo acá está, la veo, sonríe, me sonríe. Su boca a una mesa de distancia, aunque no vaya a venir nunca, su boca está ahí, comiéndome entero junto con las palabras y alguna que otra papa frita. Yo entro y sus palabras salen, nos chocamos de frente, ellas y yo, nos embestimos en su garganta, nos dejamos. Ahora usted calla, los dos callamos, observándonos largamente. Yo enciendo un cigarrillo.
Al final creí que iba a ser sólo yo, también usted creyó eso, que no vendría, por un momento creyó que no vendría. Ahora por fin me siento vivo, vivo y lleno de verla que está conmigo como antes, y me mira, y me cuenta no sé que cosas de no sé que tiempos en que usted y yo, en que ni Lerman ni Enrique: usted y yo.
Nicolás Reffray

martes, 7 de septiembre de 2010

Mes Moments Perdus


Aletea, deuda negra de días y horas rotas,
deuda de filos y ojos miopes, dulces, maquillados.
Aletea la poesía impertérrita, dudosa, sin cadencia, sin amor.
Mis momentos perdidos.
No hay observación ni eje, no hay final de frase,
completitud, círculo cerrado, todo se abre, nada se cierra.
Para qué las cosas obvias, los supuestos ordinarios.
Para qué si en cada eclipse,
en cada copo de aire respiro la poesía de las palabras y los silencios.
Caigo sobre el fondo de todos mis días.
¿Qué hay en el párrafo final?
Caen las gotas en el vidrio,
son una condensación de la nostalgia,
un espacio de sombras y puntos de polvo que se esparcen por el aire,
que se insertan en los gestos de lo prosódico,
de lo inconsistente.

Miro lo que no debería mirarse,
el vacío.
Lo miro de frente, a los ojos,
y el vacío sonríe, me guiña una pierna.

Estamos agolpados y solos, inevitables.

Yo que amo conozco la belleza absoluta,
pero ella no es mía, ella no tiene dueños.
La belleza dulce y absoluta,
el abismo dentro del ojo,
la noche negra que cae una y mil trescientas veces
en ese abismo solitario para volver a resurgir como una caída florida.
Todo se desmiente,
las puestas de sol se trasvisten,
los petiforros y los croncos resignan al mundo.
Le jour infinite, la vie infinite.
Yo no espero a la letra,
yo no llamo a la letra para echarle encima mis ansiedades de hombre-niño,
mi literatura inmadura, mi poesía defectuosa. No.
Yo desvisto palabras que no son la letra,
que no son en la letra.

Yo desvisto palabras.



Nicolás Reffray