martes, 18 de mayo de 2010

Sin título.

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En este momento te acabás de quedar dormida.
Qué curioso el instante, la precisión del instante en que el sueño te acuna, te lleva como una muerte de plumas y flores a un mausoleo de aire, a una ensoñación viva.

En este momento acabo de caer muerto de mirarte, ciego de tocarte roto y helado entre pasto y celosías que rechinan y se mueven con el viento de la noche, con el celo de los mares y las costas, acunado y muerto, sí, pero espejo, también espejo, filo de los párpados quietos, la sombra de una oscuridad rota y naciente.

Dormís tan calma, tan quinta de Mahler, y yo sombra, siempre sombra eterna de cristales y letras pardas sobre un papel blanco, escribiéndote desde el silencio y la soledad de tu compañía de sueño.
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Nicolás Reffray

domingo, 25 de abril de 2010

Nouvelle, pequeña novela, cacho de literatura amorfa y desencajada

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"Manuel había visto entreabierta la puerta que daba al parque, un viento suave y cálido la balanceaba apenas. Era viento norte, arrastrado por campos y ciudades a través de mares de gente, de cuerpos de hombres y mujeres dormidos, despiertos, dolientes. Abrió la puerta y vio el parque amarillo, completamente desierto; un parque infinito y vivo, que movía sus dedos marrones, sus dedos arbóreos, con pesadez y silencio. La sábana azul celeste del cielo estallaba entre ocres y amarillos, desparramando esquirlas, pedazos de infinito sobre los árboles. Dio unos pasos y las hojas comenzaron a croar bajo sus pies, tuvo una sensación de modorra instantánea, una conciencia del propio sueño trepándosele a los hombros como una especie de mochila inmensa. A medida que se alejaba de la casa el peso crecía, llamó a Amalia una, dos veces, pero la voz se perdía en lo amarillo, quedaba sepultada entre las hojas. Se sintió desnudo como el sauce, vacío como el viento, capaz de terminar su vida y entregarse a la ceremonia de la tierra, ceder, cederse, enamorado de lo inasible. De pronto tuvo la impresión de que lo espiaban, las cortinas y ventanas de todos los cuartos estaban abiertas pero no se veía a nadie, era como si algún visitante invisible hubiera decidido que había que ventilar los ambientes. La casa le pareció lejana y absurdamente grande, no había en ella más que sombras. Emprendió el retorno, primero caminando, después lanzado a una carrera frustrante, en la que, con cada paso suyo el monstruo parecía alejarse dos pasos más allá, como si bajo la alfombra amarilla de hojas muertas se ocultara una cinta que lo devolvía a la distancia, a mirarlo todo desde lejos. Manuel cerró los ojos, los apretó con fuerza, y sintió un mareo ligero, una náusea distante y como en sordina, al volver a abrirlos se encontraba en el porche, de frente a la puerta de madera. Cruzó el portal y entró a la casa. La primera sensación que tuvo fue de una profunda melancolía, provocada, tal vez, por la visión del otoño omnipresente, los ambientes como una prolongación del afuera. Cerró las ventanas, encendió una hornalla y se sentó en el suelo a respirar."
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Nicolás E. Reffray

jueves, 4 de marzo de 2010

La Revolución de las Moscas

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La primera vez había sido cosa de un segundo, como las imágenes en un sueño, que se dan fragmentadas, una ráfaga apenas en ese coma de siesta, ese coma que ahora se rompía con un ruido de golpe seco contra la boca, contra los oídos desvelados. Manuel sintió que se arrancaba a toda una quietud de manos y sombras contra el techo, que el pecho le ardía como un fuego de cristales ro­tos. Ahora le parecía que todo se había dado así, casi como parte de la misma fantasía de siem­pre, Amalia y el cuerpo desnudo de Amalia, de frente, tem­blando, entregada pero temblando, a una nada de distancia de sus manos. La veía taparse el sexo, pudibunda, ese sexo con­vertido en presa, ese horizonte a noventa grados que se vol­caba en sus ojos como una amenaza. La veía en una penumbra de cortinas que no se movían, en una sombra radiante de gato sobre la falda y trastos sucios. Así era Amalia a sus ojos, el color de las cosas a través del prisma Amalia y la soledad de la casa.
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N.R.

jueves, 11 de febrero de 2010

"...A veces te veo así, cercana, aboliendo libros y servilletas, aboliendo el silencio, y aprieto la rosa en mi bolsillo, voy sintiendo los pétalos de cristal uno por uno con las yemas de mis dedos, como si estuviese tocándote un pie o una mano..."
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N.R.

martes, 29 de diciembre de 2009

Poesía para no ser leída con los ojos

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El fuego huele a sol
cuando rendido se agranda
en lo eterno y presente.

Cristales de una soledad inquieta,
soy el puño de la mañana,
el poeta que acaricia el corazón
del que vive en cada sonido
la batalla de una sinfonía.

Parece pulso, aroma que estalla,
absurda mariposa de acero.
La urgencia llena su minuto,
me vuelve luz, alimento voraz,
la calma espesa de la muerte,
el viviendo y el aún.

Bajo el rostro acaricio tu infinito,
susurro voces mudas,
me despierto ayer
y sigo dormido.

La vida es una nube negra por fuera del tiempo.
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N.R.

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O sea, seamos sinceros, no tengo la más perra idea de métricas en cuanto a poesía, lo escrito escrito fue, de esta forma, con esta arbitrariedad caprichosa y esta subdivisión aleatoria. Estos versos, palabras, frases cortas, nacieron en la heladera, y de ahí a la computadora, lo cual me hace pensar que más que poesía todo esto es más una conversación entre electrodomesticos que otra cosa.
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lunes, 28 de septiembre de 2009

Novela sin nombre - Cap. 36

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"...No siempre es la mirilla en la puerta, el papel de buen voyeur, a veces es otra cosa, es una mujer que me habla, una convención de cigarrillos mojados y ventanas abiertas, viendo la brea estática sobre nuestras cabezas. A veces es eso que me arrastra, una nostalgia del futuro, las ganas de más momentos como ese, donde el tiempo se estanca y no pasa, donde estamos como hundidos en lo áspero, ingobernables...."
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N.R.

jueves, 27 de agosto de 2009

Cap. 35

"Se buscaba en esa demora de entendimiento, y de algún modo se preguntaba si podría permitirse la felicidad antes de la muerte. En momentos así se imaginaba la última bocanada de aire entrando en su boca como un gran copo de algodón, la llave entreabriendo una puerta, el espacio liberándolo del peso, la física, ya por fin contrahecha e inentendible. Una muerte blanca definitiva. Con los ojos cerrados se veía de pie entre las cruces de madera y los artificios funerarios: la mala muerte. Las tumbas y el sonido del viento le llegaban entrecortados, todo parecía moverse en otra modalidad del tiempo, en otro estado de causas y efectos, mucho más allá, mucho más como sensaciones vivas, desflorándose frágiles en su oído y su tacto. Una humedad apagada que le pasaba sus hilos por la cara una y otra vez hasta el asco, hasta que al final se decía en un grito «¡ya basta de tanto!, ¡ya basta de todo!» y tenía que salir a la calle a respirar ciudad y meterse en algún bar, en algún cine: había que meterse donde fuera con tal de no meterse en uno. Meditaba, y en el reposo era el combate, sus costados débiles, los agujeros de sombra que regurgitaba como si fuesen moscas que salían de su boca. Luchaba desde esa quietud inquieta, desde esa ciudadela en ruinas de sí mismo."
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Escribir se me vuelve a veces como una suerte de conjura contra mi mismo. Un hermetismo pronunciado que caduca en cuanto se me lee.
Ahora mismo, mientras publico estas palabras, dudo que algún curioso par de ojos se les acerque, lo que las convierte en una pérdida total de mi tiempo.
Así todo...
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N.R.