martes, 23 de junio de 2009

Cap. 35 (fragmento)

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"...El cuerpo de Mechi se erigía como un altar o un tótem en medio del comedor, perpendicularmente a toda esa horizontalidad de Ezequiel, a esa falsa quietud que aparentaba. Efímero, mortal, pensativo, él se dejaba apartar de todo en un silencio de ingeniería, en un momento de sinceridad absoluta. Ahí estaba, tendido en sus inseguridades, con el bocado de sus miedos a medio tragar, empantanado y silencioso, en una maraña de frazadas que empezaba a molestarle. Sus miedos eran siempre el mismo exacto abanico, ese conjunto que componían la muerte, el tiempo, y el sentir que no tenía control sobre ninguno de los dos. Pensaba, entonces, que las pequeñas cosas no tienen tiempo, simplemente suceden. Si uno pudiera tan solo suceder. .."

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N.R.

sábado, 23 de mayo de 2009

Cap. 35 (fragmento)
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"...Había en el aire cierta pretensión de eternidades, un celo indecible y liviano, una angustia blanca diminuta que entraba y salía de Ezequiel. Pensaba con los ojos en el techo, que su infancia se había esfumado en esa última mirada a su madre, en esa despedida atroz y necesaria. Por qué será que crecer requiere esa violencia, ese arrebato bruto hacia la propia soledad..."
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N.R.

miércoles, 15 de abril de 2009

Otro fragmento de cap. 32 de una novela incompleta

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"...En su constante resistencia a caer había cierto estoicismo, cierta soberbia de la especie (y él odiaba la especie, y odiaba conformarla, sin embargo, a veces se veía embarrado hasta el cuello en ella). Mépris lo observaba mudamente. Se sintió falso y despedazado bajo el filo de esos ojos, no sabía bien por qué se sumergía en esa amargura deprimente y hostil, por qué todo se le volvía extraño y como ajeno en esa hora en que las alusiones suelen volverse más ininteligibles y un poco estrambóticas, si se quiere. Era del tipo de los que sienten una debilidad por los estados bajos, una especie de comodidad, aunque esa no fuera exactamente la palabra. Tuvo siempre esos arrebatos, esos desboques hacia otros signos, signos duros, que a lo largo de los años lo fueron perfilando a una naturaleza extraña. De niño, esa “obsesión” lo llevaba a ir en mitad de la noche a escuchar la respiración de su padre; el terror latente a quedarse solo. Se arqueaba sobre él en la penumbra y lo observaba con detenimiento, con angustia. Así permanecía unos minutos, respirando agitadamente, hasta que volvía a su cuarto y se dormía agotado. Lo había hecho durante años, y ahora, después de mucho, le venía a la cabeza esa misma sensación amarga, ese grito contenido en medio de la oscuridad.
Las acciones de un hombre tienen siempre el tamaño de su circunstancia, pensó abstraído. ¿Cuál era entonces la circunstancia de Ian? ¿Qué clase de sombra lo mantenía en esa espiral de oscuridades, en ese laberinto recóndito? El gato maulló, porque los gatos maúllan. En los albores de la ciudad comenzaba a anochecer, y Ezequiel sintió que necesitaba una tregua. Es curioso como, internamente, pensó en esa palabra, “tregua”, como en una especie de llave mágica, un pañuelo blanco arrebatado por el viento. Mechi lo besó largamente en la boca, recién entonces pudo respirar aliviado, como si el beso lo devolviera a la superficie y a la vida, luego de haber estado sumergido por horas en el fondo de un pozo..."
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N.R.

viernes, 3 de abril de 2009

Fragmento del Cap. 32

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"Algún vestigio de la tormenta se vería en sus ojos marrones, ella, sin embargo, no le preguntó nada, buscó leer los signos, las metáforas de angustia. Había una dulzura infinita en sus movimientos, un genuino amor que se traslucía en toda aquella escena muda de mirarse y presentirse. A Ezequiel le vinieron a la cabeza las palabras de Ian, con la obstinación de las olas golpeando los acantilados de piedra. Ian asesino, Ian verdaderamente asesino, ¿por qué no?, si todo era tan absurdo. Aunque muy probablemente no, pero entonces… Entonces, Mechi, tu caricia me salva. Dejá que esas manos se traguen esta inseguridad idiota. Sabés, hay que encerrarse en el destierro más infame, esa lucha solitaria que todo escritor libra consigo mismo a la hora de escribir, ese manotazo en la oscuridad que, a la larga, supone un espejo. Y quizá entonces sí, esa muerte, como aquella otra muerte, la pequeña caja de madera lustrosa de la que todavía no te hablé, hayan sido significativas en algún escaso punto, y las visiones de esta realidad acaben teniendo sentido.
Ezequiel le besó las manos. Le dijo:
-Todo en Ian es tan absurdo.
Ella apenas si asintió con un movimiento leve de la cabeza, un pendular hacia delante y atrás casi imperceptible, un sí que encerraba ovillos sin punta, misteriosos enigmas. En el vano de la puerta creyó ver una sombra, pero no de cualquier tipo, no una mancha oscura sobre un fondo de claridad, sino una especie de diminuta fosforescencia negra, gateando hasta frotarse contra su pantalón gris.
El gato movía la cola atigrada de un lado para el otro, y ese gesto que en los perros denota felicidad, alegría por un reconocimiento o una recompensa, en los felinos es el gesto inequívoco del desagrado, del fastidio y hasta del desprecio. Sin embargo, él frotaba su cuerpecito en aquellas piernas una y otra vez inocuamente.
-¿De dónde salió? –preguntó Ezequiel.
-Sólo volvió –dijo ella como ya resignada a esa otra presencia.
-Supongo que ahora, entonces, tendré que escribir. Pequeña bestia, ¿adónde vamos con todo esto? ¿Qué clase de mandato estoy cumpliendo?
-Mépris.
-¿Qué? –dijo él, que creía no haber escuchado bien.
-Pequeña bestia no, se llama Mépris.
-¿Desprecio?
-Sí.
-¿No te parece un poco snob? Godard, digo. Es casi como nombrarlo Roquentin o Rakólnikov, una petulancia. ¿Por qué, entonces, Mépris?
-Porque se llama así.
-…
De sobra sabía que no arribaría a otro tipo de entendimiento, porque, de hecho, no lo había, era eso y nada más: Mépris, mucho gusto, encantado. El gato se pasaba la lengua por las patas con verdadera unción, parecía contento con su nuevo nombre, casi hasta orgulloso de ser Desprecio. Ezequiel entrecerraba los ojos y meditaba sobre algunas de las cosas que lo mantenían despierto por la noche. Trató de obviar el tema celos y dedicar su tiempo en otras cuestiones tal vez menos geométricas. Así, la marea de sus pensamientos lo fue arrimando lánguidamente a las costas del pesimismo y la inmensidad, y de a poco, todo él fue ensombreciéndose en el poniente de sus cavilaciones. Es el tiempo reclutando relojes, pensó, la marcha muda hacia el final aciago (¿Qué final? ¿Por qué tenía que ser aciago?). Era idiota detenerse a pensar en eso, o no lo era en absoluto. Las manos sostienen el peso hasta el desgarro, los ojos miran el humo en la distancia y ven formas siempre nuevas. ¿Y qué si el final traía consigo desgracia? ¿Acaso las nubes no traen tormenta? Se sintió abatido..."
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N.R.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Fragmento de la nada más inquieta y desencajada; de la novela, de los cuadros del comedor, de tus miles de sonrisas...

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"...Un ojo tibio, una barba que chorrea, un mate lavado e intomable, de cara a la oscuridad miramos ensimismados como dos adolescentes desnudos, y rechazamos la estupidez de la toalla seca, la iluminación a blanco, y los vasos limpios..."
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N.R.

domingo, 23 de noviembre de 2008

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Parte del Cap. 27 (Novela)
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"Ián deja ir los pensamientos. La caja de Pandora que lleva sobre los hombros desnudos es una boca abierta que escupe y escupe y escupe. Los males del mundo escapan en todas las direcciones. Un fotograma velado, millones de puntitos amarronados, quemaduras de cigarrillo. Ián que fuma como una chimenea, echa el humo hacia arriba y la cabeza hacia atrás. El silencio se revuelve en el silencio, los pasos no conducen a ninguna parte. Hay un pájaro que golpea desde adentro en una ventana cerrada, una melopea que viene muy desde el fondo de algún lado, se la oye lejana, el estado trágico que se mete por los oídos. Ián mira el techo nebuloso del cuarto, las manchas de años, sentado en su silla de madera, tapizada con cuerina verde inglés. No es una melopea, es más bien un grito interminable y monótono, la soledad del ser vuelto a sus concavidades, a sus curvaturas. Es él, Ián, recostado en su silla, en cueros y pantalón de vestir un poco roído, es él, con el interior hacia fuera y la cabeza hecha un globo. Piensa por pensar nomás, sin poder definir su pensamiento, y los restos de la manzana que acaba de comerse empiezan a colorearse, a tomar un tono cobrizo. La mira, mira el cabo vertical con marcas de dientes por todos lados, calcula cuanto tiempo tarda el aire en convertir una cosa en otra. Afuera, la tarde sin sombras, florecida de policromías. El perfume de eucaliptos verdes y el tacto de malvones, afelpados como duraznos. Recuerdos de Suárez que llegan a conmoverlo. Una lágrima rueda desde el ojo derecho, se encausa por los pliegues de la cara, llega al mentón, se suelta, y estalla contra el pecho desnudo. A esa le siguen dos más que se pierden por debajo del cuello..."
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N.R.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Parte del Cap. 26 (Son sólo palabras...)
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"...El tren corría sobre las vías como enajenado, avanzaba tartamudeando. Silbaba su gran lomo de acero en el viento, apartando cuanta alma se cruzara en su camino. Cabeceé un par de veces y volví a caer rendido por el cansancio y el vaho insoportable del vagón. Estaba amaneciendo.
Incorporándome en mi asiento me limpié la baba a los lados de la boca, en las comisuras. Esa baba reseca y enrarecida, densa por la tierra oscura que volaba en el ambiente. Se me ocurrió pensar que así es como nos va ganando la tierra, de a poco, hasta sepultarnos. Cuando abrí los ojos, el tren se detenía en mitad de la nada. Unos techos de chapa y una calesita, una capillita ridícula levantada entre el polvo de un cruce de caminos. Una cubierta inmensa de tractor pintada con aerosol blanco indicaba: “Gomería Don Naides”. El vagón estaba vacío, y sólo yo en él, como un espectro. Me restregué los ojos para declararme definitivamente despierto, y me dispuse a bajar del tren para estirar un poco las piernas. Vista desde fuera, la gran mole de acero ahora quieta, parecía injertada a la fuerza en el paisaje verde y yermo. Anduve al lado del tren un buen rato, fui y vine, desde la locomotora a mi asiento, y de mi asiento a la locomotora. Me senté en el pasto a esperar y un perro vino a lamerme las manos. Le acaricié la cabeza. No había visto a casi nadie en ninguno de los demás vagones. Serían eso de las nueve de la mañana cuando el tren retomó la marcha. Yo me trepé de nuevo al convoy. Escuchando los mugidos que dejaba escapar el maquinista, sentado ya en mi asiento, pensaba en mamá y en Mechi. La curva de los acontecimientos y el murmullo entallado en mi cabeza, desvestía mis angustias a diestra y siniestra. Acá una lágrima mitad y mitad, allá el marasmo de la pena; acá mi rostro secándose al sol y al viento de la ventanilla abierta, allá una corona con flores blancas y lilas que llega antes que el desayuno; acá un cuaderno con anotaciones en birome azul, partes de la novela que aún no acabo, allá el viento que levanta polvo, tierra, hojas y basura. La locomotora que muge otra vez, y yo me recuesto con los pies en el asiento de enfrente, y me pongo a escribir.
Totó me fue a recibir a la estación con la algarabía desaforada de siempre. Abrazos interminables, besos, un sandwichito de salame y queso para ir despuntando el vicio olvidado con tanta comida de ciudad, palmadas en la espalda que casi me dejan sin aire, y un poncho de lana, porque estaba fresco..."
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N.R.