viernes, 9 de agosto de 2024

El banquete inacabable de la imaginación




La mesa está servida, en el aire flotan el aroma a huevos revueltos recién hechos, pan tostado, cereales, fruta. El color del jugo de naranja contrasta con el blanco de la mesa y los frascos de mermelada. Gregorio se sienta y extiende pesadamente los brazos, inspira con una sonrisa los sabores que le esperan. Yo cebo el mate, me preparo una tostada y lo miro. La luz entra por la ventana abierta junto con la brisa de diciembre, que a esta hora todavía es fresca. El desayuno comienza, un poco de fruta, un sorbo de jugo, un bocado de huevos revueltos, pero el tiempo pasa y todo parece inalterado. La atención se le va en mil cosas invisibles a mis ojos, en un mundo interno que lo distrae. Grego… desayuná, le digo, y lo arranco de sí para traerlo a este otro mundo, seguramente más monocromático y opaco que el suyo, pero es por un momento nomás, enseguida se me vuelve a escapar. Me habla, y casi sin darme cuenta comienza a incluir palabras en otra lengua, conexiones y fórmulas que desconozco. ¿Qué cosa?, le digo, y me mira como si de pronto me hubiera vuelto muy muy viejo, y sintiera una ternura y una pena eternas por mí. Me quedo y lo observo entre mates. Me acuerdo de Hook, aquella película sobre Peter Pan, con Robin Williams, Dustin Hoffman y Julia Roberts. Recuerdo la mesa larga en Nunca Jamás, el banquete inacabable, las cientos de delicias que aparecían frente a los ojos de todos esos niños perdidos en cuanto las imaginaban. Era, pienso ahora, una hermosa metáfora, el banquete inacabable de su imaginación. Vuelvo a Grego y es exactamente eso: el banquete inacabable de su imaginación. Me relajo, lo dejo comer a su tiempo, al fin y al cabo, es sábado, no tenemos ningún apuro, ningún apuro en absoluto.

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